sábado, julio 21, 2012
Caldillo de congrio
Ese día decidió bajar al puerto. Unos conocidos de la universidad le habían hablado de las cocinerías donde solían ir a almorzar, estas se encontraban el el segundo piso del mercado. Buscó la dirección entre sus apuntes y bajó desde las alturas de su morada.
Una vez ahí, lo animó el olor yodado que instalaba en el aire el trabajo de los hijos del mar. Los cientos de gatos que ronroneaban desde los distintos puestos, lo invitaron a pasear por los alrededores. Miró con curiosidad la expresión de las personas, de las mujeres regateando el precio de las verduras, y la de los bandidos de siempre, que apostados en las esquinas esperaban una presa distraída para sacarle la billetera.
Los cadáveres de los pescados quedaban ahí mismo. Cabezas y espinazos de congrios formaban parte del pintoresco paisaje de su puerto, y eran el botín preciado de ese reino felino. Arrugando el ceño, pensaba con qué falta de misericordia el sol arremetía contra su vista, cuando su estómago le dio el aviso de que ya era el momento. Alzó la vista con travesura hacia el lugar donde se encontraba su casa, levantó los hombros y subió al segundo piso del mercado, donde mujeres risueñas le ofrecían las delicias del día, lo cual no era necesario. Tenía una idea muy clara de lo que quería comer.
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