No quiero más, te lo aseguro. Siento que ya no es sano, que nos daña…
Desde hace un tiempo que ya no me siento liviana, los pies me pesan, ya casi no puedo darme vueltas hacia dentro, morderme las vísceras para apartar de mí lo
que más duele; tu presencia. Siento ganas de correr, de no detenerme,
de lograr vencerle a los espacios de claridad que a mí llegan a perturbarme;
tus ojos tan negros, como mi centro, reclaman la permanencia.
Aún creo en un lugar en el espacio para mí, mi cobardía, mi sombra
y todos los personajes violentos e histéricos que cohabitan en mí… para lograr guardar eternamente cerca de mi cuerpo el aire púrpura que detuvo el tiempo
para nuestra relación.
No quiero molestarte, agradezco tu fiel compañía en esta soledad…
entiende que ya no me perteneces, que me he ido, que aún cuando lo haya intentado durante muchos pesados días, la tierra es mí hogar en este mundo, que no he renacido para acompañarte en el cielo sino que, para sentir en vida la gracia del tacto y del aliento… pero se acabó, entiéndelo; no te pertenezco… le pertenezco mucho más a los gusanos a los mosquitos, a las amebas del jarrón de las flores, al olvido del tiempo, al pasado y a algunas fotografías guardadas en el cajón. Por la desgracia de los vivos no fuimos escogidos por la divinidad, nuestro destino no estaba enmarcado en hogar con muchos hijos, ni nuestro romance en una cama gigante de placer… nuestra (des) vida es así… confórmate...
¿Repito las razones de esta despedida?
se nota que no me comprendes y que la realidad nos superó; a mí y a ti, que tan bellamente has intentado acompañarme… pienso que ya es hora que despiertes a la realidad, que sigas con tu sangre adelante, que pises con seguridad, de una vez por todas, la tierra que se tiende a tus pies, tus frescos y livianos pasos.
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